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CRÍTICAS
DE MATRIX REVOLUTIONS
/
RELOADED
Por
Joaquín R. Fernández
Calificación:
  
No hay duda de que "Matrix" supuso un soplo de aire fresco en el
momento de su estreno, y no porque fuera revolucionaria en su
forma o en su fondo, sino más bien porque hizo que mucha gente
se acercara a los cines a dejarse fascinar por una película
relacionada con un género, el de ciencia-ficción, plagado de
fraca-sos comerciales y no muy bien visto por la crítica
es-pecializada (por cierto, algo parecido han hecho hace poco "Harry
Potter y la Piedra Filosofal" y la trilogía de "El
Señor de los Anillos" por el género fantástico). Si
bien sigo pensando que sus efectos especiales no eran nada
novedosos para la época (sus Oscars®
téc-nicos los ganó por la sencilla razón de que la gran ma-yoría
de los miembros de la Academia de Hollywood no pueden ver a
George Lu-cas y por ello decidieron darle a éste una lección y
obviar completamente a "Star
Wars. Episodio I. La Amenaza Fantasma" en dichos
galardones), sus creadores supieron aunar muy bien en una sola
cinta todas sus influencias y pasiones, confeccionando un
apabullante entretenimiento en el que nos encontrábamos con
imágenes tan poderosas como las del "despertar" de Neo o el
enfrentamien-to entre el agente Smith y Morfeo.
Es evidente
que con "Matrix Reloaded" se disipó el efecto sorpresa de la
pri-mera entrega, y aunque se incrementaron los hallazgos
visuales y filosóficos de la saga, no fueron pocas las voces que
se alzaron en contra de un producto que, si bien poseía nítidos
defectos (centrados sobre todo en su media hora inicial),
contenía algo más que una serie de vulgares fuegos de artificio
o un cúmulo de palabras que únicamente conducían a la vacuidad.
Probablemente sea la película más controvertida de la trilogía,
pero estoy seguro de que con el tiempo adquirirá una mayor
estima por parte de los aficionados, que por fin descubrirán en
ella una sólida combinación de acción con proporcionados
elementos metafísicos.
Dicho esto,
una de las principales preocupaciones que asaltaba la mente de
to-do aquel que en su día visionó "Matrix Reloaded" era la de
cómo iban a resolver los hermanos Andy y Larry Wachowski las
dicotomías que nos presentaban en la secuela de la obra que los
dio a conocer en todo el mundo. Por un lado, nos encontrábamos
con un agente Smith que no sólo se rebelaba contra las máqui-nas
que lo habían creado sino que además se introducía en un mundo
de carne y hueso con el único objetivo de destruir a Neo. Por
otra parte, éste descubría que El Arquitecto, aquel que regía el
mundo de Matrix, controlaba en realidad to-dos los movimientos
de El Elegido, siendo en principio su camino una trayectoria
programada que inexorablemente le llevaba hacia un funesto final
para la raza humana.
Lo curioso de
estas incógnitas sin respuesta es que "Matrix Revolutions" da
comienzo con nuevas preguntas que se han de resolver antes de
que el filme retorne a su trama principal y, para mi gusto, más
intrascendente, en este caso el ataque de la ciudad subterránea
de Zion por parte de las perforadoras y de los centinelas.
Descubrimos entonces a un personaje tan curioso como El
Ferrovia-rio, encargado de llevar al sistema central a todos los
programas que ya no re-sultan útiles en el mundo de Matrix. Es
entonces cuando aparece otra de las va-riables que rompe con los
esquemas establecidos por El Arquitecto: la posibili-dad de que
un programa también tenga sentimientos (de ahí la importancia de
estas escenas, que muchos han calificado equivocadamente de
triviales).
Si bien todos
estos fragmentos filosóficos de la cinta desaparecen con
pronti-tud y sólo resurgen en algunos instantes de su tramo
final, quisiera incidir ahora en ellos antes de introducirme
posteriormente en un análisis de "Matrix Revolu-tions" centrado
exclusivamente en sus virtudes y defectos como producto de
en-tretenimiento. Los Wachowski, y por mucho que se diga al
respecto, sí han ce-rrado la historia que querían contar, que no
es otra que la de un mesías que ha de salvar a un mundo
tiranizado por la guerra. Es él el que ha de establecer la paz
en un planeta marcado por los enfrentamientos al tiempo que el
verdadero mal, el que se oculta y va aumentando su poder hasta
límites insospechados, espera agazapado mientras sus oponentes
se destrozan entre sí y se debilitan mutuamente.
La historia de los Wachowski, seguramente un tanto pretenciosa
en su conclusión, no es otra que la de un nuevo Cristo que no ha
llegado a la Tierra para reinar, sino para construir un punto de
partida hacia un mundo mejor y utilizando para ello un ar-ma
nueva: el amor. Las referencias religiosas, tan comentadas en la
primera entrega de "Matrix", se hacen ahora mucho más evidentes,
descubriéndo-se además dos movimientos antagonistas,
repre-sentados magníficamente en el filme por dos de sus mejores
personajes: El Oráculo y El Arquitec-to. Ambos son inteligencias
artificiales, pero mien-tras que en una anida la esperanza y la
fe, la otra es fría y matemática, compensándose y
equilibrán-dose a la vez tan divergentes personalidades, que son
fruto, por cierto, de la ver-dadera naturaleza de las máquinas,
pues no hay que olvidar que han sido crea-das por humanos de
mentalidades tan opuestas como, por ejemplo, la de Morfeo
–creyente– o el comandante Lock (agnóstico). Ahí radica, pues,
la famosa elec-ción a la que continuamente hace referencia El
Oráculo, a la posibilidad de de-cantarse por una u otra opción,
al hecho de que cada uno decida por sí mismo el papel que quiere
desempeñar en la vida.
Semejantes
teorías vuelven inútiles, al menos desde mi punto de vista,
cual-quier crítica que se le haga a "Matrix Revolutions" con
respecto al hecho de que Neo pueda sentir a las máquinas en el
mundo real o de que un programa como el agente Smith sea capaz
de salir de Matrix y envolverse en una armadura de piel, carne y
esqueleto. "Matrix Revolutions" no busca otra cosa que el
especta-dor haga también su elección, y que de entre toda la
maraña de propuestas on-tológicas y visuales que nos hacen sus
creadores cada uno escoja aquella que más le satisfaga. ¿Les
gusta salir del cine reflexionando con sus amigos o fami-liares
sobre lo que acaban de ver? Adelante, esta es su película. Por
contra, ¿prefieren que se lo den todo masticado y simplemente
desean sentarse ante la pantalla grande para pasar el rato?
Estupendo, pues nuevamente se hallan ante un filme que en buena
parte de su metraje resulta adecuado para ello.
Dejando a un
lado, pues, los aspectos más profundos de esta trilogía, que
des-de mi punto de vista se mantienen igual de sólidos en todas
las entregas, pase-mos ahora a valorar "Matrix Revolutions" como
el espectáculo que también es. Aquellos que disfrutaron con las
antológicas secuencias de acción de "Matrix Reloaded"
seguramente saldrán un tanto defraudados del cine, pues esta
tercera entrega no presenta ni coreografías preciosistas ni
momentos que en verdad de-jen al espectador sin respiración. El
encuentro de Morfeo, Trinity y Seraph con Merovingio y sus
secuaces sabe a poco para aquellos que contemplamos exta-siados
los movimientos que exhibían Neo y sus amigos en el tramo
central de esta trilogía. Ahora toda la acción se centra en
Zion, un escenario frío y metálico que se ve sometido a la
irrefrenable embestida de los centinelas. Las imágenes
infográficas se apoderan de la pantalla y atosigan al público
con su convenciona-lismo. No hay nada que no hayamos visto antes
en este campo, e incluso los hermanos Wachowski cometen el error
de no intercalar estos combates con el viaje de Neo y Trinity a
la ciudad de las máquinas, para así darle un poco de va-riedad
al asunto (por cierto, espléndido el momento en el que la nave
de los pro-tagonistas traspasa las tinieblas que cubren los
cielos terrestres y Trinity obser-va encandilada la brillante
faz del sol).
La guerra en Zion se hace un poco larga y pe-sada, y tanto los
diseños de la ciudad y de las na-ves y artefactos que la
pueblan, así como de las perforadoras o de los centinelas,
carecen del caris-ma necesario como para convertirlos en algo
único y nunca visto antes en una producción de este tipo. La
lucha final entre Neo y Smith posee momentos de gran intensidad,
pero, después de lo que con-templamos en la segunda entrega de
la saga, re-sulta difícil epatar al espectador, máxime cuando
algunos de sus encontronazos cuerpo a cuerpo abusan de la cámara
lenta para así intentar crear una artificial sensación de
magnificencia (por cierto, ¿alguien les ha propuesto a los
hermanos Wa-chowski que sean los responsables de llevar al cine
"Dragon Ball"?). En todo ca-so, la cinta no resulta en ningún
momento aburrida, aunque uno aún no entiende qué es lo que ha
sucedido con esa impresionante persecución de helicópteros de
más de diez minutos de duración que en su día Joel Silver
anunció para este punto y final de la trilogía. O bien los
medios de comunicación recogieron mal sus palabras o bien se la
han guardado para una edición especial en DVD de la película
(teoría que no se puede descartar teniendo en cuenta lo que ha
hecho Peter Jackson con "El Señor de los Anillos" y la escasez
de contenidos extra de las ediciones actuales en DVD de "Matrix"
y "Matrix Reloaded").
Nada nuevo se
puede decir de los actores que no se haya comentado en las
anteriores entregas de la saga, tan sólo señalar el mayor
protagonismo que co-bra Seraph, siendo la interpretación física
de Sing Ngai muy acertada para dotar de vida a este personaje
(desde luego, no se echa de menos la presencia de Jet Li en el
filme). Destacar, eso sí, la preciosa y emotiva escena en la que
Trinity le expresa a Neo sus sentimientos y le pide que llegue
hasta el final de la odisea en la que ha escogido adentrarse.
Tanto Keanu Reeves como especialmente Ca-rrie-Anne Moss están
muy convincentes en sus papeles.
Por suerte,
"Matrix Revolutions" contiene pocos pasajes en los que la música
instrumental se fusione con los sintetizadores de Juno Reactor
(uno de ellos, por cierto, tan sólo se escucha en los títulos de
crédito finales de la película). Don Davis lleva el peso de la
partitura, sobre todo teniendo en cuenta que la elevada duración
de las batallas y la escasez de los diálogos en estos momentos
provo-ca que su presencia sea más importante que en anteriores
entregas, creando una imponente música descriptiva que, eso sí,
no se libra del uso pomposo de la orquesta, a la que en
ocasiones no sabe moderar. No obstante, la inclusión de los
coros en el enfrentamiento entre Neo y Smith es particularmente
brillante, al igual que sus aportaciones para las escenas más
intimistas del filme.
Por
Leandro Marques
Calificación:
  
Todo concluye
al fin
Todo principio tiene un final, nada puede alterar esa realidad.
Afrontar ese destino irremediable ha sido desde siempre el peor
tormento del hombre. Para qué vivir si la muerte siempre estará
aguardan-do, es la pregunta que jamás ha podido responder. Un
propósito, una causa por la que vivir, sirve para revalidar la
importancia del trayecto en ese camino que tiene reservado el
mismo final para todos: la muerte. "Matrix Revolutions" pone en
juego estas ideas que giran en torno a los eternos dilemas
exis-tenciales del ser humano. Pero más importante que esto aun
es indicar que se trata del final para un principio que tuvo su
origen con la primera parte de la trilogía, película convertida
inmediatamente en uno de los nuevos clásicos de culto del cine
moderno.
La
generalizada decepción causada tras el estreno de la segunda
película de la saga dirigida y escrita por los hermanos
Wachowski redujo notablemente las ex-pectativas producidas ante
la llegada a los cines de esta última edición de Ma-trix. Sin
embargo, a pesar de que es imposible siquiera insinuar un esbozo
de comparación con la primera y original, "Matrix Revolutions"
sale bien parada del desafío y regala un desenlace acorde a lo
que podía esperarse para una trilogía que rompió con los
parámetros tecnológicos que regían en el cine, e introdujo una
serie de ideas filosóficas que hicieron ruido en la cabeza de
millones de per-sonas que de inmediato amaron a Neo, Morfeo,
Trinity y compañía.
La película
retoma el punto en que se había detenido "Matrix Reloaded". Con
Zion, la última ciudad humana de ese mundo dominado por las
máquinas, a pun-to de ser invadida y destruida para siempre. Con
Neo, el héroe de la saga, perdi-do en la simbólica estación de
tren que une al mundo de los hombres con el mundo de las
computadoras. Con el desconcierto de Morfeo y el resto de los
co-mandantes de la resistencia. Y el temor generalizado de saber
que la humanidad corre serio peligro de convertirse, en su
totalidad, en alimento energético para las máquinas dominantes
del planeta.
Frente a este
panorama, lógica pura. Porque si algo puede esperarse ante un
esquema narrativo como este, eso es acción, peleas, efectos,
destrucciones. Nada de todo esto se escatima en cada plano de la
película. Es más, si alguien tuviera que explicar llanamente de
qué se trata "Matrix Revolutions", sin que su-piera nada sobre
los filmes anteriores de la saga, diría probablemente que las
más de dos horas de película relatan la resistencia heroica de
la humanidad por evitar su destrucción frente al ataque de unas
máquinas. Más allá de algún chis-pazo de filosofía en los
diálogos (lucen forzados y demasiado rebuscados), la cinta
ofrece una maratoniana y colosal puesta en escena de la lucha
que enfren-tó a los hombres contra las máquinas en su última
batalla.
El tener como eje central la batalla por la defen-sa de Zion,
condujo a los directores a estructurar el film en tres columnas
narrativas: la ya mencionada batalla en Zion; la travesía de
Morfeo y otros capita-nes para poder llegar a tiempo para la
resistencia en su ciudad; y la a priori imposible misión de Neo,
acompañado por su amada Trinity, de llegar a la ciudad de las
máquinas y conseguir la paz. Esta fórmula de ordenar la trama no
logra sino hasta pa-sado un buen rato atrapar y conectar al
espectador con cada una de las historias paralelas que se van
desarrollando. Pero cuando la conexión comienza a tomar efecto,
gracias al atrapante bombardeo de imágenes, de efectos
especia-les, de ángulos y giros de cámara, de peleas filmadas
con maestría, el cine se vuelve un espacio de magia sólido,
donde las distancias entre pantalla y espec-tador se vuelven
irreconocibles.
El ataque de
las máquinas y la defensa de los hombres en Zion es impactante,
por el despliegue de producción, por el sonido, por lo bien
logrados que están los efectos. Ese es el punto más ostentoso
que presenta "Matrix Revolutions", don-de pueden verse con
claridad parte de los millones de dólares que se gastaron en
esta superproducción. Pero, sin duda, la culminación de la
relación entre Neo y su principal enemigo, el agente Smith
(asociado a millones de clones de sí mismo), es excelente.
Cuando alguien destruye algo, cuando alguien mata algo, también
ese algo se termina para él. La humanidad necesita inventarse
una ra-zón para vivir, aclama Smith, no conciente que también él
necesita de un propó-sito que dé sentido a su vida no humana.
¿La vida es vida cuando nada la justifi-ca?
También
Matrix tiene un final. Ese recorrido apasionante que comenzó con
su primera y verdadera razón de su categoría de “clásico
moderno”, acaba de mane-ra aceptable con "Matrix Revolutions".
Al igual que "Matrix Reloaded", es imposi-ble escaparse de la
sensación de que le faltó tiempo de cocina, de preparación. La
fórmula de efectos especiales increíbles y una idea básica sobre
la que sos-tenerlos alcanza para considerarla un producto bien
realizado. Pero los detalles, las terminaciones, las maneras en
que se completan cada diálogo, cada escena, cada secuencia,
arrojan la sensación de huecos incompletos, de que podría
ha-berse hecho algo más. Incluso no se puede apreciar un buen
desarrollo de los personajes –ni los ya conocidos, ni otros que
tuvieron muy poco espacio pese a parecer más que interesantes,
como el Arquitecto–. De lo que no hay duda es que todo principio
tiene un final, y que Matrix ha terminado, al menos por ahora.
Por
David Garrido
Calificación:
 
Un cierre de
trilogía convencional
Por si a alguno de los presentes se le ha olvida-do mi posición
frente al fenómeno Matrix (algo que parece imprescindible antes
de enjuiciar una pelícu-la como ésta, por las pasiones
enfervorizadas y los odios enconados que suscita la obra de los
Wa-chowski), un servidor pertenece al nutrido grupo de gente que
se entusiasmó hasta la pura fascinación con Matrix y sufrió una
decepción de parecidas pro-porciones con el despropósito de
"Matrix Reloa-ded", donde muchos sentimos que los Wachowski
habían traicionado no poco el espíritu de su primera película en
aras de un producto de marketing es-truendoso que escondía el
enorme vacío de su propuesta, donde apenas queda-ba rastro de la
compacta historia que marcó el cambio de siglo y que se
convirtió en un referente casi ineludible de buena parte del
cine comercial posterior.
"Matrix
Revolutions" cierra voluntariosamente la trilogía que, vista en
perspecti-va, resulta difícil de creer que fuera concebida como
tal desde un principio, como han proclamado sus autores hasta la
saciedad, ya que más allá de las inevita-bles cosas en común que
han de tener las secuelas con su obra original, poco rastro
queda de la fascinante inmersión en la ciencia-ficción trufada
de referen-cias religiosas, filosóficas y mitológicas que
cautivó a muchos. Todo lo que en este sentido se dijo cuando se
analizó "Matrix Reloaded" sigue teniendo plena validez a la luz
de "Matrix Revolutions", si bien hay que reconocer que esta
últi-ma está un peldaño por encima de la anterior en cuanto
producto cinematográfi-co, algo que por otra parte no resultaba
especialmente difícil de conseguir.
Y eso que el
comienzo de la película, con Neo desconectado tanto de Matrix
como del mundo real y sus amigos decididos a rescatarle a base
de asaltar por la fuerza una especie de club sadomaso posmoderno
que dirigen el inefable Me-rovingio y su bella Perséfone hace
temer lo peor: de nuevo una pelea sin dema-siado sentido,
autoreferencial para más señas, que no aporta nada nuevo a lo ya
visto, nos situa en coordenadas muy parecidas a las que
iniciaban "Matrix Re-loaded", pero hete aquí que los Wachowski
se lo toman con un poco más de cal-ma y aprovechan el
aislamiento de Neo para situarle en un inquietante escenario
desde el que pueda usar la mente (es un decir, claro) en lugar
de sus poderes y explorar junto al espectador algunos de los
nuevos interrogantes planteados en la anterior película.
Así, durante la primera hora de metraje, si uno obvia lo
absolutamente irrelevante que se demues-tra para el transcurrir
de toda la historia la participa-ción de Merovingio y Señora en
las dos secuelas, puede disfrutar con la potencia visual de la
que ha-cen gala los Wachowski en algunos momentos sin que haya
necesidad de recurrir a la acción o a los efectos digitales
desatados. En ese sentido desta-can las dos intervenciones del
Oráculo y la secuen-cia en la que aparentemente se define su
destino en la saga, que resulta especialmente inquietante y
recupera algo de la emoción perdida en alguna parte del camino.
Es en esa parte donde se concentran algunas de las virtudes de
este film que, desgraciadamente, vuelve a reincidir en sus
defectos más evi-dentes una vez pasado este primer bloque. Y es
que, recordemos, Zion está siendo asediada por las máquinas y,
como ya demostrará Lucas en "Star
Wars" hace más de veinte años ¿qué sería de un final
de trilogía sin una épica batalla? Los Wachowski demuestran
tener el guión demasiado bien aprendido.
Porque claro,
llega el primero de los dos clímax que todo el mundo está
espe-rando y, siguiendo el esquema convencional, la historia se
bifurca en tres líneas en las que por un lado el héroe mesiánico
de la función se va a cumplir con su destino de Elegido en una
aparente misión suicida, su amigo Morfeo se embarca en una nave
en un peligroso viaje para salvar Zion de la primera oleada y,
por su-puesto, asistimos a ese primer envite, esa épica batalla
en la que los humanos luchan a la desesperada contra las
máquinas. Todo terreno más que conocido.
En lo
referente a la batalla, y dejando de lado minucias de guión como
que las máquinas sean tan torpes atacando los muelles como los
humanos planificando la defensa, los Wachowski nos sirven con
todo lujo de tecnología digital un fes-tival de disparos,
explosiones, de destrucción sin límite, en fin, que se alargan
durante una hora larguísima en la que vuelve a atacarse la
credibilidad de algu-nas de las cosas que se ven, confiando de
nuevo sus autores en que el estruen-do ahogará las dudas más que
razonables que se forman en la mente de cual-quier espectador
con cierto criterio y sobre las que no voy a extenderme. Así,
re-conociendo que visualmente hay momentos brillantes en el
desarrollo de la bata-lla, sigue faltando la sensación de
originalidad, de novedad, de descubrimiento que todo aficionado
a Matrix busca con cierta desesperación. Todo resulta de un
convencionalismo tan desesperante que acaba por conducir a
cierto hartazgo a la espera del otro gran clímax de la película.
Finalmente,
la historia de Neo acabará por asumir plenamente las lecturas
más religiosas (seudocristianas) de Matrix, llevando a su
mesiánico protagonista has-ta las últimas consecuencias en un
afán no del todo conseguido de atar los múl-tiples cabos sueltos
que "Matrix Reloaded" había dejado por el camino. De nue-vo, hay
algunas ideas estimables diseminadas en el último tramo de la
película que antecede al inevitable enfrentamiento final con el
Agente Smith, pero quedan diluidas en el marasmo de situaciones,
insisto una vez más, de lo más conven-cional que conduce a un
tedio del que no la salvan ni el más voluntarioso y
es-pectacular efecto digital.
Eso queda de nuevo patente en la resolución de la historia, en
la que la descomunal pelea final en-tre Neo y Smith, pese a toda
la espectacularidad y toda la grandiosidad que el denodado
esfuerzo de todo el equipo de efectos especiales pretende
insu-flarle, queda absolutamente hueca. Primero porque el
resultado de la misma es harto previsible a esas alturas y, una
vez más, vuelve a formularse la di-chosa pregunta: ¿Por qué
tanta pelea gratuita des-provista de la más mínima emoción? Sólo
hay que comparar el enfrentamiento que Smith y Neo man-tenían en
la famosa secuencia de la estación de metro en "Matrix" con la
soberbia embriaguez de este enfrentamiento entre seres
superpoderosos que no parecen tener debilidad ni límite alguno
para comprender la razón por la que tantos aficionados a
"Matrix" nos sentimos decepcionados con sus dos secuelas.
Nadie debería
negar a los Wachowski su inestimable aportación al cine. Ni
tampoco seré yo quien desde estas líneas le niegue a "Matrix
Revolutions" su condición de correcta película comercial con sus
buenas dosis de entretenimien-to y algún que otro momento
brillante que gustará mucho a quienes disfrutaron de "Matrix
Reloaded" y posiblemente no decepcionará tanto a quienes no lo
hi-cieron, pero lo cierto es que me cuesta trabajo no pensar en
cómo una película que aportó e innovó tanto en su momento ha
tenido dos continuaciones tan con-vencionales que no es ya que
no estén a su nivel, sino que provocan un abati-miento y un
desasosiego proporcional al entusiasmo que despertó el
nacimiento de un universo tan fascinante.
Por
Migue Muñoz
Calificación:
   
Oscura poesía
para el adiós
La trilogía
ha llegado a su fin. Y uno de los tantos a su favor estriba en
la sor-prendente dualidad que ofrece: que en su totalidad sea
compacta y al mismo tiempo que cada una de sus partes contenga
rasgos formales y de contenido que la diferencien de las demás.
Uno contempla el tríptico y no puede dejar de mirar de reojo
toda la saga de "Alien" (sus tan diferentes partes, realizadas
por diversos directores, nos llevaba a una coherente unidad
además de a un experi-mento por entregas en torno al terror
oscuro, a los infinitos prismas personales que pueden surgir en
el género fantástico).
Por ello, si
en "Matrix" nos adentramos en la prístina idea y en su
desarrollo como un avance en el género de la ciencia-ficción
(una estructura más conven-cional y clásica pero espectacular
dada su modernez); y en su continuación el humor y las
multireferencias se hacía más palpable, logrando un puro
divertimen-to de clímax ascendente, sin principio ni fin; en
"Matrix Revolutions" estalla el concepto por antonomasia de los
desenlaces míticos: la oscuridad, uno de los rasgos más
atractivos que se puedan utilizar como elemento de una historia.
La
complejidad que ello conlleva para hacer el argumento coherente,
logra aquí una serie de matices que nos muestran lo más seductor
del ser humano: su ma-yor debilidad, su lado más vulnerable. Es
lo que logra ese grado turbio, siniestro de "Matrix
Revolutions", que nos hace viajar a los comienzos de la década
de los 80, donde la oscuridad y lo gótico, en su acepción más
lúdica, eran ingredientes de la mayoría de las producciones de
género (sin ir más lejos, "El
Imperio Con-traataca" sufrió tal cambio respecto de
su predecesora "Star
Wars").
Pero no nos equivoquemos, este desenlace, al igual que las dos
entregas anteriores, tiene sus muchas referencias pero logra ser
totalmente con-temporáneo, e incluso llega a ir más allá.
"Matrix Revolutions" creará tendencia igual que la creó la
originaria "Matrix". La impresionante batalla de Zion retiene en
sí misma toda la hipérbole de la cultura japonesa (desde el
honor del samurái, pasando por la inmolación de los kamikazes,
los yakuzas o el "anime" de Katshuhiro Otomo) que nos hace
obser-var esa caligrafía visual tan barroca e hiperexpresiva
pocas veces vista. Si a ello le añadimos la abyec-ción total de
Smith (terrorífica y muy bien planifica-da su aparición en el
film), y la consumación total de amor entre Trinity y Neo (el
poético asomo en el cielo claro es tan sólo uno de los ejemplos)
dedicada para todos aquellos que se rieron en "Matrix Reloaded"
cuando extrajo Neo esa frase, para tomársela muy en serio, de
"Joder, te quiero tanto" y no se creían el verdadero sentimiento
que brotaba en la pareja; tenemos un desenlace de manual, donde
parece ser que la tensión y el miedo a la destrucción total, en
definitiva al punto más oscuro que existe, la muerte, hace que
ningún personaje acabe por resaltar por encima de los otros,
todo se compacta milimétricamente para vivir desde varios
enfoques esa lucha palpable, ese punto final, esa revolución que
comenzaron hace cuatro años los hermanos Wachowski, esos
"hippies" modernos con la mente bien abierta, soñando una
revolución utópica, y creyendo ciegamente en la paz y en el
verdadero amor, el eterno.
Puede estar
bastante claro que la primera parte no ha sido mejorada, que no
hay comparación con "Matrix". En ciertos aspectos es verdad,
pero no hay que desdeñar que "Matrix Revolutions" funciona tanto
como contundente y acertado desenlace, como entretenimiento
lleno de sugestivos matices, de razonada e in-teligente
estructura. Sus inconvenientes son alguna muestra de efecto por
orde-nador demasiado obvia que llega al símil de videojuego, y
ese personaje casi in-transcendente que resulta ser el
tripulante misterioso. Haya o no futuras conti-nuaciones, lo que
se nos regala es un montón de elementos, argumentos,
evo-caciones y sugestiones a intertextos en un cauce que aúna
tanto en "Matrix" co-mo en este episodio final, raciocinio
complejo con puro espectáculo. En definiti-va, mucha víscera y
corazón para un cine de evasión de alto nivel.
Por
Mateo Sancho Cardiel
Calificación:

No es decepción sino
pena, casi dolor lo que produce la conclusión de la trilogía
Matrix, porque, tras la elegante aunque ya muy discutida
“Matrix Reloaded”, los hermanos Wachowski estrenan como traído
por los pelos el epílogo de la que, hasta ahora, era la gran
esperanza de la ciencia ficción moderna, la que nos ha ofrecido
los mejores y más apasionantes momentos del género en años.
Carac-terizada por el sugerente uso de los efectos especiales, de
la gran innovación de la gramática cinematográfica, esta Revolutions supone el lamentable malogra-miento de tan ilustres
precedentes y deja caer todos esos excesos que titubea-ban en la
cuerda floja al lado del bochorno, muy lejos de la genialidad,
dándoles el papel protagonista por encima de lo que elevó a
“Matrix” a la categoría de hito fílmico de toda una generación:
su universo espiritual propio.
Por
desgracia, aquellos momentos de exhibición marcial y de ataque a
la credibilidad que en la se-gunda entrega diluían un conjunto de
suma bri-llantez ocupan ahora una hora y media central (es decir,
tres cuartas partes de la película) en forma de una batalla
donde no acabamos de saber, ni tampoco de interesarnos por
averiguar, por qué, cómo y dónde está desarrollándose lo que
acon-tece y que afecta tanto a todos los personajes de la
película. Todo es un uniforme, artificioso, estri-dente y poco
estético batiburrillo de máquinas y sus respectivos disparos,
chispas y rayos láser. ¿Dónde está el aroma zen, el lóbrego
gótico, los desfiles de glamour cibernético que han creado una
legión de millones de fans? La revolución de Matrix ha resultado
tan incendiaria que ha perdido toda razón de ser, que no ha
dejado rastro de su verdadera esencia y que nos ha llevado de
los planteamientos nihilistas sobre nuestra existencia humana al
ab-surdo de una batalla convencional de cine de acción de
desorbitado presupuesto. Y es por eso que los dos breves bloques
de arranque y desenlace que flanquean este denso, farragoso e
indigesto pasaje de la cinta, no consiguen, pese a sus
interesantes propuestas, a su respetuosa continuación de la
saga, parecer más que dos débiles excusas para inscribir este
insulso y tedioso producto en la fran-quicia que ha consolidado
la épica romántica y majestuosa de Neo, Trinity y Morfeo. Son
válidos y fascinantes sus recorridos por el amor como
combinación de corrientes eléctricas y la ya muy manida pero
todavía eficaz contraposición del bien y el mal dentro de cada
individuo, pero son islotes náufragos en el despropósito, que
llaman más a la nostalgia que al verdadero entusiasmo. Así, uno
no puede sentir más que indignación cuando los tramposos y
efectistas Wachowski deciden dejar la puerta abierta a una
cuarta entrega o, ya puestos, a una segunda trilogía, porque no
sólo no muestran coherencia en su relato, sino que tampoco
cumplen su promesa de finalizarlo y nos privan de poder tener
una visión global de tan personal y megalítica obra.
Ya desde “Matrix
Reloaded” se venía renunciando a un cierre amargo, sugestivo y
casi genial que venía servido en bandeja. Pero es que este
“Matrix Revolutions” se resiente, casi en su totalidad, de una
ausencia total de ideas que aportar, de tramas que introducir o
de personajes que describir, y resulta un producto de la inercia
más que de la meditación, una fase innecesaria y chapucera de un
pro-ceso que, hasta este momento, había sido puesto en
entredicho, pero siempre bajo una óptica que conllevaba respeto
por una de las ideas más lúcidas del cine norteamericano. Ahora
no hay compasión ni compostura, sino más bien resenti-miento por
lo que sólo se puede definir como una espectacular estafa.

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